Contar cuentos en medicina: pasión y peligro

Hace algunos años, ingresamos a una mujer francesa de mediana edad con un cáncer de pulmón avanzado por dificultad respiratoria aguda. No quedó claro por su radiografía si esto era por la progresión del cáncer o por una neumonía severa. Cualquiera que fuese su origen lo que estaba claro era que necesitaba ser intubada, y pronto. Sin embargo, antes de que pudiéramos ponerle el tubo, ella insistió en que quería redactar su última voluntad y testamento. Entre jadeos, nos dijo para quién era su ajuar y sus obras de arte, y dónde quería exactamente que la enterraran en París. Escribí esto tan rápido como pude mientras el anestesista me apremiaba para ponerle ya el tubo endotraqueal. La paciente dictó los detalles de su entierro y el distrito de la funeraria, tuvo la energía suficiente para reprenderme mi deficiente ortografía francesa. Mis estudiantes y residentes estaban al otro lado de la cama, mirando con estupefacción y nervios todo este proceso.

Cuando la paciente terminó esta tarea, y en un tono severo nos dijo: “Siete días”, con tanta determinación como pudo con una voz cada vez más friable. Siete días de tratamiento era todo lo que ella permitiría. “Si no estoy mejor en siete días”, dijo, “saquen el tubo del respirador”. Si hubiese sido una neumonía, siete días podría haber sido tiempo suficiente para que se recuperase. Pero si su origen era la progresión de su cáncer, el séptimo día podría ser el último. Mientras el ventilador de la cabecera estaba ya empezando a funcionar y los sedantes hacían su efecto, me hizo jurar que sacaría el tubo el séptimo día. No importa lo que pasara.

Hasta ese día, nunca me había enfrentado a una decisión más agonizante en una fracción de segundo. Me miró con sus ojos verdes y penetrantes, mientras sus músculos del cuello chisporroteaban con agitados esfuerzos respiratorios. ¿Qué podía hacer yo en ese momento sino asentir con la cabeza?

El tubo entró y, de repente, su cuerpo quedó en silencio y su voz se apagó. Cuando el equipo salió inquieto de la habitación, se dio cuenta repentinamente de que, si era cáncer y no una neumonía que obliteraba sus pulmones, las palabras que acababan de decirse entre nosotros probablemente serían sus últimas palabras. Si nuestro paciente no mejoraba en siete días, seríamos los guardianes de sus últimas palabras. Como un peso aplastándonos brutalmente nuestro pecho, este reconocimiento se abalanzó sobre cada uno de nosotros: llevaríamos sus últimas palabras hasta nuestros últimos días.

Aliviar la carga de una historia nunca contada

Cuando salí del hospital esa noche, tenía como una sensación anormal y molesta dentro de mí, una sensación de desequilibrio por haberme sumergido más en las profundidades de algo para lo que no estaba preparada. Supongo que había muchas opciones disponibles para mitigar el estrés de ese día: podría haber tomado un trago, haberme ido al gimnasio, echarme una siesta, haberle dado una patada al perro, o lanzarme a hacer compras. Pero recuerdo haberme encontrado como derrotada por una pulsión que nunca antes había experimentado, y tuve la necesidad de escribirlo.

Había escrito un poco sobre esto, pero principalmente usando recuerdos de acontecimientos de años pasados. Esta fue la primera vez que experimenté algo que me obligó a escribir de inmediato. En retrospectiva, puedo ver que fue el impulso, la necesidad, de volver a involucrarse en el mundo real. Elegí escribir una carta a un amigo, y comenzando: “Solo tengo que contarte lo que me sucedió en el trabajo hoy…” En una sentada escribí la historia completa. Por supuesto, en ese momento, no me di cuenta de que estaba escribiendo una historia; fue solo un correo electrónico a un amigo. Pero, de hecho, era una historia, con un personaje, un escenario y una trama tensa.

Una de las historias más memorables de Anton Chejov es “Miseria”, que se abre con la cita: ¿A quién le contaré mi dolor? Es la historia de Iona, un conductor de trineo, que transporta juerguistas por la noche, en la noche nevada, siberiana. Pero su hijo pequeño había muerto esa semana, y quiere –necesita- desesperadamente contar la historia a alguien. Ninguno de los pasajeros, sin embargo, está interesado en escucharlo. Están demasiado atrapados en sus pequeñas alegría y disputas. Iona cabalga toda la noche con su miseria, sin encontrar una salida. Finalmente, en el establo, al final de su largo y solitario turno, le cuenta su historia a su caballo. Este le escucha paciente y respetuosamente.

Cuando le envié mi historia por correo electrónico a mi amigo, no obtuve ninguna respuesta o consuelo inmediato. Pero fue suficiente para poder contar la historia. Contar la historia fue suficiente para volver a involucrarme en el mundo, para tirar de los cabos sueltos de mi alma, lo suficiente como para poder respirar profundamente, lo suficiente como para poder sentarme conmigo misma el resto de la noche, lo suficiente como para enfrentarme al día siguiente en la UCI.

En medicina, las historias son medicina

Gran parte de la medicina son historias, las que escuchamos, las que contamos, en las que participamos, no es accidental que los médicos y las enfermeras se sientan atraídos por las historias. La creciente popularidad de las secciones literarias de las revistas médicas es ilustrativa de esto. Estas historias a menudo tienen mucho más en común con lo que realmente hacemos y cómo vivimos nuestras vidas como cuidadores que con el último ensayo aleatorio controlado, sin importar como de relevantes clínicamente sean los datos.

La atracción y el deseo van más allá de las propias historias que hablan de la vida en medicina. Las grandes obras de literatura tienen un atractivo intrínseco para los profesionales médicos, incluso cuando el tema no va de medicina. El sentido de la historia y los personajes son una parte muy importante de nuestras vidas como cuidadores.

Ahora, uno podría argumentar que cualquier ser humano que vive y respira encontraría alguna resonancia en la historia y el personaje. Como escritora, no puedo discutir esto -y ciertamente no me gustaría hacerlo- pero creo que los médicos y las enfermeras pasan la mayor parte de sus vidas inmersos en la historia y la narrativa más de lo que lo hace una persona trabajadora promedio. Para los lectores que están casados ​ con personas que tienden a contar historias, ¿cuántas historias emocionantes trae su cónyuge a casa al final del día?…

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