El poder de la presencia, la morfina del alma

Resumen: En esta breve pero intensa narrativa clínica, una estudiante de medicina nos describe como descubre el poder de la solidaridad emocional manifestada a través de una presencia completa de la propia alumna al hacer una historia clínica a una paciente

 

Recuerdo que era lunes y que su habitación estaba al final del pasillo de la quinta planta. Pequeña y quieta, sentada en el sofá junto a la cama, me observó nada más entrar con una de esas miradas que invitan a sentirse uno como en casa. En seguida nos pusimos a hablar, nos caímos bien, a ella no le importaba que yo fuese una más del grupo estudiantes que nos dedicábamos por aquellos días a importunar a los pacientes ingresados con nuestras novatas preguntas.

Comencé a hacer su historia clínica y ella, muy amable, contó sus problemas, el susto que se llevó al sentir aquellos dolores tan fuertes, las melenas, la noche que acudió a urgencias pensando en lo peor. Yo asentía con interés. De vez en cuando reíamos. Era una de esas ancianitas de mejillas sonrosadas que uno desearía tener por abuela.

Y entonces llegó la fatídica pregunta… quise saber por sus antecedentes familiares, por supuesto, las circunstancias que habían llevado a sus padres a la muerte. Fue una de esas cuestiones que se hace uno de rutina, un trámite para mí, un recuerdo doloroso para ella. No me di cuenta, no al menos hasta que me fijé en el tinte nostálgico que sus ojos iban adquiriendo, en su lucha por hablar y no llorar.

No sabía qué hacer, podría haber elaborado una larga lista de los distintos diagnósticos diferenciales de aquel caso en particular, desde luego, me lo habían contado en clase de patología general, podía haber sugerido una bezodiacepina de las de farmacología… Pero no tenía ni idea de cómo tratar la emoción humana más básica: la tristeza, ¿pastillas para no llorar? ¿existiría eso?

Me dejé caer junto a su sofá en la cama, a riesgo de que me temblasen las piernas, la escuché hablar de su espeluznante historia, de cómo su madre se había ido mientras apenas ella era una niña, de cómo su padre había fallecido tras años de ser su mejor amigo y compañero. En el silencio que encierra una profunda comprensión, en ausencia de capacidades técnicas, no puede más que rendirme a lo único que me quedaba: la profunda humanidad que me transmitía aquella dulce mujer. Traté de contener su sufrimiento con las manos, en lo que a mí me pareció un inútil esfuerzo de ponerlas sobre las suyas. Callé rindiéndome, escuchando, comprendiendo…

¿Qué podemos hacer nosotros?, por muchas carreras de seis años y muchas especialidades que hagamos, ¿qué hacemos ante esa mano negra con la que no podemos luchar?, ante la muerte caprichosa que juega con nosotros y deja tras de sí ese reguero de dolor.

Pero, poco a poco, el momento emotivo pasó al final, para alivio de esa impotencia que comenzaba a atenazarme. La mujer se fue tranquilizando poco a poco, el recuerdo fue cediendo al presente que nos rodeaba. Volvimos a ser las de unos minutos antes, volvió a sonreírme.

Más calmada le dije que me iba a ir, no quería seguir molestando. Ya me levantaba y recogía mi cuaderno de notas, ya estaba yo saliendo… y cuando pensaba que no había hecho nada por ella, ella me detuvo y me dijo: “gracias por todo lo que has hecho”.

No pude olvidar aquello, cómo me había agradecido… eso que ni siquiera sabía qué era. Lo seguí pensando, aún cuando ya había pasado algún tiempo. Esa sensación de profunda empatía que sólo el contacto tan íntimo y profundo de las relaciones marcadas por el dolor pueden traernos, esas relaciones que un día nos impulsaron a estudiar la carrera de Medicina. Eso fue lo que ella y yo compartimos en aquel momento, nada más que nosotras, como seres humanos, sin más…

 

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