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#HemosLeído "Sanicidio y neutralidad: atención sanitaria en tiempos de guerra"

Agustín Rossetti y Tesa Reimat Corbella firman este #HemosLeído, impulsado por el Grupo COCOOPSI de la CAMFiC, en el que reflexionan sobre el concepto de neutralidad en situaciones bélicas y nos introducen el nuevo término de sanicidio.

Tiempo de lectura: 4 minutos
Fecha de publicación: 01 de mayo de 2026

Quienes practicamos la medicina hoy en día, escuchando a nuestros pacientes, solicitando pruebas diagnósticas y prescribiendo tratamientos, a menudo olvidamos que durante la mayor parte de la historia la medicina consistió, principalmente, en cuidar y acompañar a las personas enfermas. Durante siglos, la limitada eficacia de los tratamientos existentes hacía que la atención se centrara en limpiar heridas, proporcionar alimento y agua, aliviar el dolor y sostener la mano del paciente. De ahí se consolidó la labor de la medicina como un acto de servicio profundamente humanitario, con frecuencia vinculado a tradiciones religiosas y de cuidado caritativo. 

Este acto de cuidado se manifestaba con especial intensidad en contextos de guerra y epidemias, donde el sufrimiento se multiplicaba y las víctimas se contaban por centenares o miles. No es casual que la medicina humanitaria moderna naciera precisamente ahí: tras presenciar el horror de la Batalla de Solferino, el suizo Henry Dunant impulsó en 1863 la creación del Comité Internacional de la Cruz Roja, sentando las bases de la acción médica humanitaria contemporánea. 

Para reducir el riesgo de quienes prestaban esta ayuda, la atención sanitaria en contextos bélicos se articuló en torno al principio de neutralidad. Ante la imposibilidad de detener la guerra, los profesionales sanitarios se comprometían a atender a las víctimas sin distinción de bando, a cambio de no ser considerados objetivos militares. Este principio quedó progresivamente recogido en el derecho internacional humanitario, especialmente a partir de las Convenciones de Ginebra, y se convirtió en el pilar sobre el que se ha construido la protección de pacientes, personal sanitario e instalaciones médicas. 

La neutralidad representa, por lo tanto, mucho más que una formulación ética: es un marco legal y operativo esencial para garantizar que la atención médica llegue a quienes la necesitan, sin discriminación. Sin ella, la práctica de la medicina en contextos de conflicto se vuelve extremadamente vulnerable. 

Sin embargo, pese a los esfuerzos por imponer reglas y preservar la ética incluso en la guerra, éstas no siempre se cumplen. En los últimos años hemos sido testigos, con creciente frecuencia, de ataques contra instalaciones y personal sanitario en conflictos armados. El bombardeo en 2015 del hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, Afganistán, perpetrado por fuerzas de Estados Unidos y que causó la muerte de 42 personas (1), marcó un punto de inflexión al evidenciar que la protección conferida por el derecho humanitario podía fallar de forma dramática. 

Más recientemente, en febrero de este año 2026, la misma organización reportó otro ataque aéreo contra su hospital en Lankien, Sudán del Sur, atribuido a fuerzas gubernamentales, comprometiendo seriamente la capacidad de prestar atención sanitaria a una población de 250.000 personas (2). 

Como ejemplo aún más devastador y presente en la memoria colectiva, tenemos a la catastrófica situación en Gaza generada por los ataques israelíes durante más de dos años. Esta situación ha generado una profunda preocupación por las reiteradas violaciones del derecho internacional, llevando a que numerosas organizaciones de derechos humanos y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) denuncien al gobierno de Israel de cometer un genocidio contra la población gazatí (3,4,5). La ONU reportó al menos 772 ataques contra instalaciones sanitarias en Gaza, con el 94 % de los hospitales dañados o destruidos y más de 1.500 profesionales de la salud asesinados, calificando estos hechos como crímenes contra la humanidad (6). 

En este contexto, un artículo publicado a mediados de 2025 en BMJ Global Health propone el término “sanicidio” (del inglés healthocide) para describir el ataque deliberado contra sistemas sanitarios por motivos ideológicos o estratégicos (7). La propuesta no es meramente semántica: busca visibilizar un patrón de violencia que trasciende los daños colaterales y apunta a la desarticulación intencional de la capacidad de cuidado. 

Los autores destacan que esto va más allá de la política. Se trata de la defensa de los cuidados, de la atención sanitaria y del deber moral de los profesionales de la salud de asistir a todas las víctimas del conflicto, de denunciar los ataques contra el sistema sanitario y asegurar el acceso universal a la atención. Como afirma la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, los trabajadores y las trabajadoras humanitarias debemos actuar por el interés de la humanidad, especialmente en tiempos de crisis (8). 

La neutralidad médica no significa indiferencia. Obliga a condenar cualquier erosión de esta norma como una amenaza tanto para la atención como para la ética profesional. Precisamente esta distinción explica, en parte, el origen de MSF en 1971, cuando un grupo de profesionales decidió separarse de la “neutralidad silenciosa” de la Cruz Roja durante la guerra de Biafra, en Nigeria. Permanecer en silencio mientras se finge neutralidad es, en efecto, una forma de complicidad.  

Asimismo, los autores también remarcan que no debe confundirse neutralidad con “apoliticismo” (7). Ignorar los factores políticos que afectan la salud equivale a ignorar las barreras reales que impiden el acceso a la atención médica. Al defender la aplicación del derecho internacional humanitario, reafirmamos nuestro compromiso con la preservación de la integridad de la salud, incluso en los entornos más difíciles y hostiles. Exigir rendición de cuentas no contradice la neutralidad médica; la refuerza.  

Es comprensible que muchos profesionales experimenten impotencia o perciban estos escenarios como lejanos a su práctica cotidiana. Sin embargo, el principio de neutralidad mantiene una relación directa y profunda con la Medicina de Familia. Cada día, por la puerta de nuestras consultas, entran personas de múltiples orígenes, con ideales y valores diversos; y nada de ello debería condicionar nuestro juicio clínico ni la relación médico-paciente. La medicina no entiende de razas, géneros ni banderas: el valor de una vida nunca debería depender de la nacionalidad, la religión ni las alianzas políticas. 

En un momento histórico marcado por la polarización y el no cumplimiento de normas humanitarias básicas, conviene recordar que la medicina es más que una ciencia: es también un deber moral, y defender la vida, especialmente en contextos de vulnerabilidad, constituye el núcleo mismo de nuestra responsabilidad ética y profesional, tanto en la consulta de Atención Primaria como en los escenarios más extremos de la guerra. 

Referencias