Lo que pasó cuando me convertí en paciente

¿Qué es un médico? Técnicamente hablando, un médico es una persona que dedica sus conocimientos y habilidades a la prevención y tratamiento de enfermedades, manteniendo e incluso mejorando la salud.

La mayoría de los médicos entran en la profesión de Medicina porque están comprometidos en ayudar a otras personas. Es este espíritu de misión y dedicación lo que nos hace agradecidos por la oportunidad que se nos da a cada uno de cuidar a los demás en el momento en que más lo necesitan. La confianza que los pacientes depositan en sus médicos es casi humillante a veces. Cada día es una nueva oportunidad para aprender, para crecer y la creciente capacidad de diagnosticar y tratar es además una fuente de inspiración.

El proceso de convertirse en un médico no es fácil. Se necesita una cantidad extraordinaria de trabajo duro y un sentido de dedicación que es único para nuestra profesión. Convertirse en médico ha sido considerado durante mucho tiempo como un privilegio. Como expertos en biología, fisiología, salud, bienestar y tantos otros temas, algunos podrían ver en el médico a una enciclopedia humana. Sin embargo, al referirse a un médico como a una enciclopedia que camina y habla, trae a la mente la idea de que la mayoría de los pacientes idealizan a los médicos de tal manera que casi podrían ser considerados como robots.

Desafortunadamente, los médicos no somos robots somos tan humanos como los pacientes a los que tratamos. Es difícil imaginar con las largas horas y la plétora de conocimientos médicos necesarios para llevar a cabo nuestro trabajo de manera competente y al dia el que un médico se pueda desviar de su labor. Sin embargo, hay momentos en que todo médico se encuentra con la realidad de que ya no está en el papel de médico, ya que los papeles se transmutan y nos encontramos enfrentados a la realidad de vernos convertido en pacientes.

Recientemente, me encontré en esa misma posición. Me encontré en el rol de paciente en lugar del que habitualmente representaba como residente de anestesia. Afortunadamente, mi papel como paciente se presentó de una manera más organizada y ordenada. Sin embargo, independientemente de la naturaleza programada de mi cirugía, todavía me colocó en una posición de impotencia. Podría controlar la fecha, el lugar y el cirujano que me operaría, pero todavía sentía que había mucho que se me escapaba.

La mañana en la que estaba programada mi intervención, descubrí que conocer el proceso que se produciría me colocaba con una ligera ventaja, sin embargo al ver a los demás pacientes que estaban en la sala de espera con sus seres queridos su ansiedad era palpable. Desde la perspectiva del paciente, su intervención es un acontecimiento esperanzador en su vida – algo que podría ayudar a aliviar todo su dolor o curar su enfermedad de forma quizás permanente. Es el día que podría ser el del comienzo o el final de muchos de sus problemas de salud. Sin embargo, como anestesista, se ve simplemente como otro día de trabajo. Eso no es que disminuya la importancia que damos a cada paciente, sino que nos distancia de los sentimientos tan reales que cada paciente está experimentando debido a su situación tan específica y única.

Acostada en la cama a la espera de mi gotero para ser colocada, me resultó difícil no tener que usar el gorro de anestesista. Quería señalarles dónde creía que tenía la mejor vena para el gotero. Inicialmente no dije que yo era anestesista. Sin embargo, rápidamente se hizo evidente que tenía conocimientos médicos, y mi papel como paciente se volvió si no totalmente al de médico sí en gran parte. No, no tuve que apuntar mis propios medicamentos o llenar mi hoja preoperatoria, pero se dirigieron a mi de manera diferente. Este cambio en la dinámica me hizo darme cuenta de lo difícil que es cuando los médicos nos convertimos en pacientes…

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