Una sonrisa de alguien que sabe de vida y de muerte

Era un aviso COVID.

El hijo de una enferma con covid, de 82 años de edad y múltiples patologías de riesgo, reclamaba asistencia hospitalaria. La compañera que filtraba la llamada la convirtió en aviso y explicitó: disnea y derivación a petición de la familia.

Me repartí los avisos con mi compañera y me tocó el regalito y el Uber, para terminar en otro convencional de una enferma que ya conocía.

Me preparé toda la parafernalia: el EPI, las calzas, la mascarilla con pantalla, con la que puedo respirar, que con las gafas protectoras se me empañan las de ver, el montón de guantes, las calzas… Las bolsas de basura, las toallitas desinfectantes, el alcohol… Y mis herramientas de siempre: mi fonendo y la de moda: el “pulxi”.

Para darle un toque más épico, llovía.

La mascarilla empantallada, sobre la normal, la llevaba puesta, para no respirarle bichos al chofer, como los guantes, que últimamente no abandono salvo para cambiármelos, no fuera a dejar algún resto nocivo. Y rumbo a la obligación salimos bajo la lluvia. Apenas había tráfico, la alerta funcionaba, luces de ambulancias zumbando miedo, sonidos policiales recordando la orden de confinamiento, nos rodearon casi todo el camino.

La lluvia arreciaba, era como si el cielo llorara por todos nosotros. Del coche al portal, una distancia menor, la pantalla se llenó de minúsculas lágrimas celestiales, lo que si bien no empañada, tampoco permitía ver muy allá. Era una casa buena, para como son las viviendas de mi zona, buen portal, ascensor…

Llamé, me abrieron y subí al piso.

En el descansillo, antes de llamar procedí a iniciarme en el disfraz de prevención. Como solo iba a un domicilio y sobre todo iba a valorar con la familia la derivación a urgencias, me había llevado una batita impermeable de segunda y un mandilillo de plástico, los mismos que habíamos rechazado en la guardia el sábado anterior.

La bata verde impermeabilizada la desplegué bien, me la coloqué sin contaminar, con mis guantes puestos, pero fui incapaz de abrochármela, lleva unas cintillas para anudar a la espalda, a un lado o delante si eres muy delgadito, lo que no es el caso. Detrás imposible hacer una lazada, con los guantes puestos y sin ver, es sabido: gato con guantes no caza. A un tris estuve de volverme al ascensor que me parecía tenía espejo, pero me lo quitaron así que intenté enlazarlo a un lado, no hubo manera, entre las gotas de la pantalla, la tripa y los guantes… Imposible.

Pasaba el tiempo y seguía desnudo contra el malvado. Este bicho es un cabrón con pintas, debería llamarse covid-seal, como esos asesinos autorizados y profesionales de las pelis de acción. Corté por lo sano, que fuera lo que Zeus quisiera. Me coloqué el mandilito plástico y traté de anudarlo a la espalda. Si las cintas del verde era traidoras, las del mandil aviesas en grado sumo. La goma de los guantes estaba en guerra con el fino plástico, parecían que en su burla de mí se burlaban, las cintillas cada vez se estiraban más y se adelgazaban, si eso hubiera sido posible, al borde de la ruptura.

Abrió el hijo, sonriente, debería haber estado mirando por la mirilla extrañado de mi tardanza, tras el saludo de rigor le pedí, por favor, que me anudara algo, lo hizo con el mandil y yo traté de ponerme las calzas. No había manera, mi movilidad es reducida, y me cuesta desde la operación de cadera ponerme los calcetines, las calzas, que había manejado con cierta soltura en otras ocasiones se resistían a las suelas mojadas. El hijo, se arrodilló y luchó con las dificultades, consiguiendo encajar aquellos artefactos melindrosos en mis pies humillados.

Entré. Me indicaron la habitación de la enferma y allí me encaminé.

Era una enferma diagnosticada de HTA, EPOC, pero sobretodo con una artritis reumatoide que le deformaba el cuerpo, convirtiéndolo en un enemigo a controlar, pero que no me pareció le hubiera afectado al alma. Hacía 10 días había comenzado con fiebre de hasta 38.5, con saturaciones bajitas, de 92 % el primer día, con disnea, tos y nauseas… En los últimos días, que la fiebre había remitido no pasando 37º, se encontraba fatigada, saturando entre 94 y 97%, con tos muy intermitente, sin ganas de comer. En un primer momento se le planteó ir al hospital. 92% y fiebre eran criterios suficientes y aún no estaban desmadradas las urgencias, ella no quiso.

El seguimiento telefónico fue múltiple, como en tantos casos. Su médico penaba en el hospital aquejado de una neumonía bilateral. Iba mejorando, pero no terminaba de remontar.

El hijo, COVID +, posible causante de su situación actual, habló con una compañera solicitando llevar a su madre al hospital.
Me senté en una sillita a pie de cama y tras la mascarilla, y espero que, con los ojos, respondí a su sonrisa. Era una sonrisa dulce, tranquila. Una sonrisa de alguien que sabe de vida y de muerte, de felicidad y de dolor, de esperanzas y resignaciones. Sus dedos abarquillados atrajeron mi mirar, así como su reposo en una cama articulada a 45º con cierto retorcimiento de miembros y tronco.

Como podrá imaginar no me muevo mucho – dijo adivinando mis pensamientos.

Mientras iniciaba el interrogatorio el “pulxi” parpadeaba entre 94, 95, una vez 97%, tras las respuestas 93. La auscultación, con las dificultades propias de su postración, presentaba características de posible infección por COVID. Pese a la saturación hilaba claras y seguidas las respuestas. El hijo me alcanzó las tensiones tomadas y las temperaturas por lo que prescindí de repetir las tomas, eran razonables, quizás las tensiones bajitas, entre 110 y 120 de sistólicas y 60 y 70 de diastólicas, las temperaturas, como sabíamos, menores de 37 en las últimas lecturas.

 

Volví a mi asiento. Reflexionando sobre el siguiente paso.

– ¿Cómo me encuentra? – Preguntó.

– Verá venía con la idea de mandarla al hospital, por lo que me había contado la compañera…

 

El hijo me interrumpió para criticar la conversación telefónica, con un gesto de la mano paré su diatriba y acepté que el teléfono, en ocasiones, era áspero, que al no vernos las caras… Conciliador, no rebatió mi argumentación.

– Deberíamos tener videoconferencia como en otros sitios, pero… es lo que hay. Le decía que venía con intención de enviarla al hospital, pero salvo que usted…

– ¿Tan bien me encuentra? – el marido y el hijo a los pies de la cama nos miraban alternativamente.

– Con esas miradas con las que nos regalan, tan frecuentemente, enfermos y familiares, cargadas de esperanza… ¡Ya está aquí el médico! Mientras dejan escapar el aire retenido de pura zozobra.

– No, la veo mejor de lo que esperaba, ese 97 de saturación me ha encantado, pero no está bien. En otros momentos no me generaría ninguna duda: recomendaría su traslado. Una placa de tórax y en caso necesario un TAC nos pondría en su sitio el pulmón, un poquito de oxígeno tampoco estaría mal y nos podríamos plantear tratamientos más agresivos.

 

Los tres me escuchaban con atención, masticando cada palabra despacio antes de tragarla.

– Es cierto que usted tiene la última palabra. Cuando aconsejo un camino, siempre me planteo lo que voy a ganar y lo que voy a perder, pero la decisión final es del paciente, antes que, de la familia, por cierto ¿tiene formalizado el testamento vital o el documento de últimas voluntades?

– No. ¡Qué curioso! justo antes de este desastre nos lo estábamos planteando.

– En el Centro de Salud habían organizado una reunión sobre este tema y pensaba asistir – apuntó el marido- Bueno usted lo sabrá, es de allí.

– Sí, si nos parece que es un tema no suficientemente conocido y muy interesante y necesario. Le decía que juego con ganancias y pérdidas para intentar hacer el mejor negocio posible, para aconsejar en la mejor dirección según mi leal saber y entender.

– Y, en mi caso ¿no ganaría nada? – dijo con un punto de tristeza cosido a la media sonrisa que adornaba su cara.

– Creo que no.

¿Me voy a morir?

– No lo sé, pero es una posibilidad. Si me permite una confesión, yo hace mucho que no me peleo con la muerte, siempre gana, mi batalla es por conseguir la mejor vida posible. Aquí está en su ambiente, con los suyos mimándola y acompañándola, casi malcriándola – dije travieso- en el hospital, estaría sola, rodeada de extraños, cada cual, con sus cuitas, todo para poner una etiqueta en su padecer y no revertir el cuadro con nuestros remedios.

Agradecía mis palabras y, después fui consciente que, también el hijo y el marido.

– Lo que le propondría es ayudar a la naturaleza, ajustar los inhaladores que toma, administrar un antibiótico para los posibles bichos sensibles que pueden estar incordiando y hacer un seguimiento tan continuo como precise, diario cada 48 horas, lo que sea necesario para mantenerla confortable.

– Muchas gracias doctor, me quedo, además yo no quería ir, ¿quién me va a malcriar como mis dos caballeros? – dijo mientras les iluminaba el día a padre e hijo, que asintieron convencidos.
Mañana la llamaré – dijo mientras le hacía una carantoña en la mano sarmentosa.

El hall de entrada estaba perfectamente preparado, una mesita donde quedaría de normal el correo antes de quitarse la prenda de abrigo acogió la bolsa de basura portadora de mis poderes: extraje otra donde meter todo el disfraz preventivo. Primero desinfecté, con las toallitas apropiadas, fonendo y “pulxi”.

La malvada bolsa luchó, como en ellas es habitual, pero logré vencer su resistencia, el hijo, comprensivo, ya se ofrecía a realizar él la astuta maniobra. Arranqué el mandilillo y la bata de un modo correcto y plegándola sobre si misma la introduje en su tumba, allí la acompañó las calzas, pantalla y los segundos guantes. Hice un nudo a la maldita y tras ofrecerme a aclarar alguna duda me despedí. Sudoroso y satisfecho.

 

Augusto Cesar Blanco Alfonso

Centro de Salud Reina Victoria