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Montserrat Romaguera: "La inactividad física alcanza el 80% de los jóvenes de nuestro entorno y causa más de 5 millones de muertes en todo el mundo"

La coordinadora del Grupo de Actividad Física y Salud de la semFYC, Montserrat Romaguera, advierte de que moverse es medicina, pero no para todos por igual: el nivel socioeconómico, el género y el origen cultural siguen determinando quién puede llevar una vida activa. 

Tiempo de lectura: 9 minutos
Fecha de publicación: 06 de abril de 2026

Hoy, 6 de abril se celebra el Día Mundial de la Actividad Física, y desde la Atención Primaria la fecha se vive como mucho más que una efeméride. La especialista de familia Montserrat Romaguera lleva años poniendo el foco en algo que la evidencia científica lleva décadas confirmando: moverse es medicina. Pero hacerlo —o no hacerlo— no depende solo de la voluntad individual. El nivel socioeconómico, el género, el origen cultural o el diseño de nuestras ciudades determinan, en gran medida, quién puede llevar una vida activa y quién no. En esta entrevista, Romaguera repasa los beneficios del ejercicio, las desigualdades que persisten y los cambios que necesitamos, como sociedad, para que moverse sea un derecho real y no un privilegio. 

¿Por qué es importante conmemorar el Día de la Actividad Física desde la Atención Primaria y la Salud Comunitaria? 

Para nosotros este día es como nuestra fiesta mayor, pero no queremos que sea una anécdota ni algo folclórico. Lo vivimos como una oportunidad para visibilizar los retos que todavía tenemos. La inactividad física alcanza al 80% de los jóvenes en nuestro entorno y causa más de cinco millones de muertes en todo el mundo cada año. No es un tema banal. Aprovechamos el impulso mediático que genera esta fecha para recordar que nos queda mucho camino por recorrer. 

Desde su experiencia como médica de familia, ¿qué beneficios concretos aporta la actividad física regular? ¿Cuáles destacaría como prioritarios? 

La evidencia científica es abrumadora, y ya lo decían los griegos hace más de dos mil años. La actividad física mejora la salud física y mental de forma transversal: en todas las edades, en todas las condiciones, tanto en fase preventiva como en personas con patología crónica establecida. Los beneficios cardiovasculares fueron los primeros en estudiarse en profundidad, especialmente en relación con infartos e ictus, aunque hay que decir que la mayoría de esos estudios se hicieron en hombres. Todavía necesitamos más ciencia centrada en las mujeres. 

A nivel del aparato locomotor, la actividad física regular mejora la percepción del dolor crónico y de la artrosis, lo que tiene un impacto directo en el consumo de fármacos con potenciales efectos adversos. También es clave en la prevención y el tratamiento de la osteoporosis y en la prevención de caídas y fracturas en la población mayor, algo especialmente relevante en un contexto de envejecimiento como el nuestro. Y a nivel metabólico, los beneficios en diabetes y obesidad están muy bien documentados. Pero donde más me alegra ver crecer la investigación es en salud mental: la actividad física mejora la ansiedad, la depresión y el insomnio, en un momento en que se está prescribiendo una cantidad enorme de psicofármacos para abordar estos problemas. 

"La actividad física mejora la ansiedad, la depresión y el insomnio, en un momento en que se está prescribiendo una cantidad enorme de psicofármacos" 


¿Qué evidencias existen sobre la relación entre nivel socioeconómico y práctica de actividad física? 

La relación es clara y, desgraciadamente, bastante consistente. Las personas con un peor nivel socioeconómico son las menos activas, y también son quienes más frecuentan nuestras consultas, quienes tienen peor calidad de vida y mayor carga de enfermedades crónicas. Es un círculo que se retroalimenta. Por eso, desde la Atención Primaria es fundamental trabajar para construir equidad: motivar a estas personas y ayudarles a acceder a los recursos disponibles para mejorar su calidad de vida. 

¿Podemos afirmar que a menor nivel de recursos hay menor práctica de ejercicio, peor salud y mayor prevalencia de obesidad? ¿Qué factores explican esta realidad? 

Sí, podemos afirmarlo. Y los factores son múltiples: el tiempo disponible, el acceso económico a instalaciones o equipamiento, la oferta del entorno más inmediato... Pero también hay una cuestión de capital cultural. Cuando hablamos de prescribir actividad física, debemos tener en cuenta todo esto: los recursos de la persona, lo que ofrece su comunidad, sus preferencias. Porque lo que necesitamos no es solo que alguien empiece a moverse, sino que lo mantenga en el tiempo. Los beneficios que estamos hablando se consiguen con continuidad, no con un efecto de yo-yo. La adherencia es clave. 

¿Qué papel desempeñan los determinantes sociales en la adopción de estilos de vida activos? ¿Cómo pueden abordarse desde el sistema sanitario? 

Los determinantes sociales lo condicionan todo. Desde el sistema sanitario, lo que podemos hacer es sensibilizar y formar a los y las profesionales para que sean capaces de identificar estas barreras y minimizar su impacto. Pero la solución no puede venir solo del sector salud. Necesitamos el compromiso de las administraciones: que el transporte público funcione, que haya aceras en buen estado, infraestructura para la bicicleta, patios escolares abiertos en fin de semana, espacios seguros donde moverse. En el fondo, se trata de rediseñar entornos que faciliten, y no que obstaculicen, una vida activa. 

"Necesitamos que las administraciones se comprometan: transporte público que funcione, aceras en buen estado, infraestructura para la bicicleta, patios escolares abiertos" 

 

Desde la perspectiva de género, ¿qué desigualdades se observan en la práctica de actividad física entre hombres y mujeres? 

Las mujeres son menos activas que los hombres en todas las edades, pero quienes más nos preocupan son las niñas. No tienen referentes deportivos reales: sus iconos suelen estar asociados a una determinada idea de belleza, no de rendimiento o salud. Las actividades que se les proponen con más frecuencia son la danza o el baile, y todavía arrastramos una herencia patriarcal importante en la gestión del tiempo y del cuerpo. Si miramos a las mujeres adultas con cierto nivel económico, vemos que las actividades más habituales son el yoga y el aquagym, motivadas tanto por la salud como por el componente social. Los hombres, en cambio, tienden más a la actividad autónoma. Son patrones muy distintos que reflejan condicionantes culturales profundos. 

¿Por qué presentan las mujeres, en general, mayores barreras para ser físicamente activas? 

La carga de cuidados, la falta de tiempo, los condicionantes económicos y culturales... todo suma. Pero quiero destacar especialmente algunos colectivos que quedan muy invisibilizados. Las mujeres gitanas, por ejemplo, enfrentan barreras muy específicas relacionadas con el estigma en torno a la virginidad, la exposición del cuerpo o incluso la percepción cultural de que la obesidad representa un reconocimiento social, a pesar de todo lo que eso implica para su salud metabólica. Y las mujeres migrantes de origen musulmán también presentan una alta resistencia a estas propuestas. Consultan mucho por dolor crónico y complicaciones de la obesidad, pero son muy reticentes al cambio. Hay iniciativas de actividades dirigidas exclusivamente a mujeres de estos colectivos, pero en ocasiones el resultado es que se las aísla del resto de la comunidad, lo cual no es ideal. 

"Las niñas no tienen referentes deportivos reales: sus iconos suelen estar asociados a una idea de belleza, no de rendimiento ni de salud" 

 

¿Cómo afectan en contextos internacionales las restricciones culturales o legales a la salud de las mujeres en relación con la actividad física? 

Es un tema que hay que nombrar sin eufemismos. En los países de origen de muchas mujeres migrantes, el nivel de actividad física cotidiana era, paradójicamente, más alto: trabajaban en agricultura de subsistencia, realizaban tareas domésticas sin los electrodomésticos que tenemos aquí. Al llegar a Europa occidental, acceden a más comodidades, pero también pasan a ocupar empleos muy sedentarios, como la manufactura textil o de calzado deportivo. La paradoja es que cosen las zapatillas de deporte que se venden en Occidente y ellas no salen a caminar. El resultado es un aumento muy preocupante de la obesidad, la diabetes y el resto de las enfermedades crónicas asociadas. 

¿Qué estrategias o políticas públicas considera clave para reducir estas desigualdades en el acceso a la actividad física? 

Necesitamos actuar en varios frentes a la vez. En la escuela, hay que revisar la asignatura de educación física y orientarla más hacia la cultura del movimiento que hacia el deporte de competición. Los niños necesitan variedad, actividades motivadoras y no siempre competitivas. Finlandia es un ejemplo que no nos cansamos de citar: sus alumnos hacen una hora de actividad física cada día y obtienen los mejores resultados en las evaluaciones PISA. En España, estamos en dos horas semanales. Por lo tanto, no por estar más horas en el aula, el rendimiento de los niños y niñas va a ser mejor.  

A nivel de incentivos, algunas comunidades autónomas ya permiten deducir el coste del gimnasio en la declaración de la renta. En Japón, algunas empresas conceden una semana adicional de vacaciones a los empleados no fumadores, porque tienen menos absentismo. Son ideas que funcionan. También propongo repensar el bono cultural que se entrega a los jóvenes de 18 años para incluir la opción de comprar una bicicleta, apuntarse a una actividad deportiva o asistir a eventos deportivos que puedan inspirarles. 

Y en cuanto a la Organización Mundial de la Salud, en 2004 publicó una estrategia sobre alimentación y actividad física que fue un punto de partida importante. En 2020 llegó la guía que usamos como referencia para la prescripción. Ahora tenemos la vista puesta en los objetivos de 2030, y los datos no son alentadores: la práctica de actividad física en la población sigue cayendo y las enfermedades crónicas siguen aumentando. 

"En Finlandia, los niños hacen una hora de actividad física al día y sacan las mejores notas en PISA. En España son dos horas a la semana” 

 

Para finalizar, ¿qué mensaje trasladaría a la ciudadanía en este Día de la Actividad Física? 

Que no hace falta ser atleta. La actividad física es cualquier forma de movimiento: ir al trabajo en bicicleta, bajarse una parada antes del autobús, subir por las escaleras, salir a caminar con los hijos. El móvil que llevamos en el bolsillo ya cuenta nuestros pasos: la evidencia científica nos dice que a partir de los 4.000 diarios empezamos a obtener beneficios, no hace falta llegar a 10.000. Lo importante es empezar, hacerlo de forma progresiva y, si es posible, con orientación profesional para adaptarla y no lesionarse. 

A las familias les diría que somos el principal referente de nuestros hijos e hijas. Si predicamos con el ejemplo, ellos lo incorporarán de forma natural. Y a los y las profesionales sanitarias, que aprovechen cada consulta para plantar esta semilla. En Atención Primaria, somos transversales, seguimos a las personas a lo largo de toda su vida, conocemos su comunidad, sabemos qué recursos tienen cerca. No hace falta gastar mucho dinero para hacer actividad física. Así que os animamos a que hoy, 6 de abril, puede ser un buen momento para empezar, para platear este cambio de hábitos, y sobre todo, a los y las profesionales de ser también físicamente ellos y ellas activas y fomentarlo en sus pacientes.  

Puedes saber más sobre la actividad del grupo de trabajo a través de sus últimos artículos publicados en la revista Atención Primaria: