“Al contrario de lo que se creía hace un año, la igG no desaparece a los 15 días, sino que puede permanecer más tiempo”, Rafael Rotaeche

El segundo ponente de la webinar celebrada el pasado 18 de marzo en el que se trató la COVID-19 fue Rafael Rotaeche, coordinador del Grupo de Trabajo-semFYC de Medicina Basada en la Evidencia. Las pruebas diagnósticas fue el tema que trató el especialista.

Comenzó enfatizando en el hecho de que en tan solo un año después del comienzo de la pandemia, cuando apenas se contaba con test en Atención Primaria, disponemos de tres tipos: PCR, antigénicos y serológicos, que tienen diferentes funciones según sus características y del momento en el que se encuentre el virus.

A continuación, pasó a diferenciar unas de otras. “La PCR se puede utilizar desde antes de la infección hasta mucho más tarde. Pero hay que tener en cuenta que lo que detecta son fragmentos del virus y no significa lo mismo detectar material genético que una infección contagiosa. De modo que la PCR puede permanecer positiva entre 5 o 6 semanas sin que el paciente siga infectando ni tenga que hacer cuarentena. Algo que sí pensábamos hace unos meses”.

Respecto a la toma de muestras todos los expertos están de acuerdo en que el lugar indicado es la faringe o nasofaringe. Este último es el más habitual, aunque siempre que se haga bien se puede coger de cualquiera de las dos.

Por su parte, el test de antígenos requiere una carga viral elevada, por lo que se recomienda hacerse como muy tarde el día 5 o 6 después del inicio de los síntomas. Del mismo modo, los últimos estudios “subrayan que la sensibilidad de los test de antígenos en asintomáticos es muy baja, por lo que la PCR es mejor prueba para cribados, asintomáticos y contactos estrechos”.

La principal ventaja de los antigénicos es que son pruebas rápidas, por lo que agiliza la toma de decisiones en AP respecto al aislamiento del paciente y sus contactos.

La serología se mide con test rápidos, los Elisa y los Eclia. Estos últimos son muy fiables, pero los resultados requieren más tiempo. Este tipo de pruebas diagnósticas miden la IgG y la IgM que, pese a lo que se creía en al principio, aparecen con poco margen de tiempo, en realidad, casi a la vez. También al contrario de la idea que “se tenía hace un año, la igG no desaparece a los 15 días, sino que puede permanecer más tiempo. En cualquier caso, la serología no es un buen método para detectar infecciones agudas.

Rotaeche finalizó refiriéndose a las pruebas diagnósticas que probablemente vayan apareciendo próximamente; los test de saliva. Su principal ventaja es que se simplifica notablemente la toma de muestras, hasta el punto de que “puede hacerla el propio paciente, incluso fuera del entorno sanitario”.

El mayor problema que se encuentra a día de hoy en estas pruebas es que “la carga viral en la saliva es variable, lo que puede suponer una limitación importante”, concluyó.

 

 

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