Sobre el “humanismo imposible” en la Medicina actual

Jorge L. Tizón. Psiquiatra, psicólogo clínico, psicoanalista. Director de la Unidad de Salud Mental de Sant Martí-Nord. Institut Català de la Salut. Barcelona

Cuando me pidieron esta breve opinión, de entrada sentí que no tendría nada de particular que aportar. He de confesar que me puse a la tarea con claras reticencias. Pero luego, cuando he ido pensando sobre el tema, me ha parecido que tal vez, desde mi experiencia e historia particulares, podría comunicarles alguna cosa que sirviera para algo a las nuevas generaciones de profesionales y, particularmente, de profesionales de la Atención Primaria de Salud.

Entro directamente en materia: el término “humanismo” es un término claramente polisémico. De esa guisa, ha habido tantos movimientos filosóficos y religiosos humanistas que ello ha dado lugar, ya en nuestro siglo, a posturas filosóficas “antihumanistas”: por ejemplo, algunos pensadores marxianos o marxistas aducían, no sin cierta razón, que ese “humanismo” es imposible, pues la humanidad, lo humano y el “humanismo” signifìca algo diferente para cada grupo de seres humanos. Por el contrario, y en otros ámbitos, existen determinadas orientaciones de la psicología y la psicoterapia que se reclaman de tal término y se llaman a sí mismas “Psicologías Humanistas”. De ahí que, de entrada, hayamos de limitarnos en nuestras reflexiones ante la polisemia del término. Y desgraciadamente, no podemos entrar aquí a glosar ni siquiera mínimamente tales posturas filosóficas. Entre otras cosas, porque el término “humanismo” y su derivado, “formación humanística”, también se suele usar, comúnmente en otros dos sentidos: el primero, para calificar una forma de hacer de los técnicos que se preocupa por los aspectos “humanos” (o psico-socio-cultuïales) de los seres afectados, por una perspectiva más global de los mismos. El segundo, para referirse a una serie de conocimientos y aprendizajes no intrínsecos a la técnica concreta de la que se habla: en nuestro caso, la Medicina. Serîan “las letras”, “lo cultural”, “lo humanístico”. En lo sucesivo, me referiré sobre todo a estas dos “versiones” del “humanismo” y la “formación humanística”.

A continuación he de aclarar que, en mi opinión, la preocupación por los aspectos “humanísticos” de la formación y la práctica médicas, a pesar de la confusión terminológica, me parece aprovechable, loable e incluso imprescindible. Por supuesto que hemos de tratar a nuestros consultantes como seres humanos, como seres totales. Para ello, desde luego, necesitamos de una “formación humanística”. Esa formación, que se suele presentar como ajena a los conocimientos y habilidades estrictos de las tecnologías y técnicas médicas, es indispensable, a mi entender, porque amplifica la comprensión del médico sobre los consultantes, la sociedad, el mundo afectivo y cognitivo de sus pacientes y de él mismo… Qué duda cabe que ser capaz de disfrutar con los sentimientos promovidos por una obra de arte o captar las raigambres culturales de una determinada comunìcación de un consultante son experiencias que, al menos en principio, pueden preparar para aproximaciones más holístìcas, “comprensivas” o “humanas” a los consultantes. Por otra parte, como he ampliado en escritos, que el profesional de la medicina se halle en contacto con el mundo afectivo, con el mundo de las emociones y sentimientos, con el mundo del arte y de la cultura -su sedimento histórico y social, en principio parecería que puede favorecer el que, en el ámbito concreto de su práctica profesional, pueda incluir esas actitudes “humanísticas”.

Pero dicho esto, hechas estas aclaraciones previas, pasaré ahora a exponer mi tesis principal. Es la siguiente: creo que en el momento actual, en las formaciones sociales occidentales “tecnológicas”, la reivindicación del “humanismo” y la “formación humanística” a menudo no es sino una coartada. Algo similar a lo que, durante siglos, ha significado el supuesto sacerdocio de la Medicina.. Esquematizando mucho la cuestión, esa reivindicación de “humanismo” y “formación humanística” a menudo no es sino la “cara presentable” de una asistencia crematística o gerencíalista, tecnoburocratizada y maquinizada. Cuanto más de lo último, más se necesita añorar, reivindicar y postular lo primero. La realidad es que ese supuesto “humanismo” casi no existe en la medicina “occidental” actual, salvo en idealizados y probablemente virtuales reductos privados “de alta calidad”.

Ésa es una versión y defensa del “humanismo” que difunden a menudo tanto sus defensores sinceros -que los hay- como los medios de (in)comunicación financiados por los partidarios de “la cara oculta” de algunas reivindicaciones “humanísticas”. Pero personalmente no creo que la belleza, el mundo del arte y de los afectos y el mundo de la cultura sean algo extrínseco a nuestra práctica técnica. Antes al contrario, son componentes insoslayables de la misma: nuestro trabajo, si está bien hecho, es bello, humano y agradable en sí mismo. Y para realizarlo, es imprescindible tener en cuenta los aspectos psico-socio-culturales. Además, creo que esas afirmaciones son válidas tanto para la obstetra que trae un nuevo “ser humano” al mundo o, mejor dicho, que ayuda a traerlo, como para el médico de familia que, día a día, se atreve a navegar por el proceloso y abigarrado mar de una consulta pública tal vez masiva y angustiante; para el especialista en medicina nuclear que se extasía ante la belleza de una imagen de resonancia magnética o tomografía de emisión de positrones como para el psicoanalista preocupado por la riqueza de los avatares de una relación interpersonal terapéutica como es el psicoanálisis. Nuestro trabajo de cada día está lleno de afectos y, si predominan los afectos que tienden a la solidaridad, al amor, a la vinculación, es un trabajo bello.

Tampoco necesitamos “ca1dear” nuestras “frías” técnicas y tecnologías o nuestras “farragosas teorías” con el brasero divino del “humanismo de letras”. Nuestras técnicas y teorías, bien practicadas o bien desarrolladas, con respeto y consideración a las personas globales que tenemos delante, pueden ser bellas en sí mismas. Y, desde luego, son humanas. O humanísimas; tan humanas como la Gioconda, la Venus de Milo o el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. Además, a diferencia de otras obras humanas, se hacen con un ser humano o un grupo de seres humanos delante: son obras en relación y en la relación. Por ejemplo, una relación médíco-paciente bien llevada, con sus recovecos, sus desconfianzas, sus choques y sus reconduccíones -pues en eso consiste una buena relación médico-paciente, y no una reìación de sometimiento o de idealizacíón-; una relación con sus agradecimientos y reparaciones afectivas es en sí misma una obra de arte, en el sentido que comunica afectos, conocimientos, remueve nuestros estratos afectivos y creativos más profundos… Además, desde luego, ¿no es una relación humana y humanística?

Por lo tanto,hay que recordar lo evidente: la asistencia médica es un acto humano. La ciencia y la técnica que la informan son también creaciones humanas, a menudo de gran complejidad y belleza (al menos, formal y epistemológica). Su estudio, discusión, difusión y aplicación son actos humanos, son parte del humanismo y mucho más desde el Renacimiento (en nuestra cultura europea).

En consecuencia, no es que tengamos que humanizar nuestro arte, nuestras técnicas y las ciencias en las cuales se apoyan, sino que hemos de intentar impedir el reduccionismo que las desprovee de parte de su valor humano, de parte de sus rendimientos afectivos, de parte de su belleza. La reivindicación del modelo bìopsicosocíal es una de las formas que adquiere ese deseo de totalización médica en nuestra época. Otros preferimos denominar aproximación integradora u holística a esa tendencia “humanista”: precisamente porque es intrínsecamente y no extrínsecamente humanística. Más técnicamente, en ocasiones he preferido hablar de la atención sanitaria centrada en el consultante en tanto que miembro de la comunidad (ASCC).

Desde esa perspectiva, el planteamiento frecuente de “ya me gustaría, pero no puedo hacer otra cosa”, que a menudo va seguido de una serie de loas a un “humanismo imposible” (término que acuñó ya hace decenios Castilla del Pino), se revelaría no un planteamiento progresivo o, cuando menos, consistente, sino un planteamiento derrotista y reduccionista. Y un poco complaciente con el derrotismo, además.

A pesar de las tendencias a la profundización y ampliación de las libertades y las capacidades de expresión humanas, vivimos en una época donde las tendencias opuestas (a coartar las libertades y la expresividad profunda humana) son también muy fuertes. Por ello, siempre se debe y se puede globalizar, “humanizar” más la asistencia. Pero “humanizar” nuestra ciencia y nuestra técnica no debe querer decir administrarles unas gotas (bien diluidas además) de cultura, de caridad, de emociones… Nuestras prácticas, nuestras técnicas y las ciencias que las informan son ya creaciones humanas a las que artificialmente se intenta desvincular del mundo de los afectos, de las relaciones, de la sociedad… Del mundo de las letras.

Por ejemplo, introducìr el cuidado de “lo humano” en la asistencia hoy ha de implicar no sólo estar abierto y empático con los sentimientos de los consultantes sino saber introducir en la asistencia y en la prevención las técnicas psicológicas y las técnicas psicosociales que “humanizan”, “globalizan” tal asistencia. Esas técnicas existen ya hace decenios. Y, desde luego, no se reciben por infusión divina: son también técnicas y tecnologías. Por tanto, incluyen un proceso y unos esfuerzos de aprendizaje para dominarlas. No por “humanizar la asistencia” son de “sentido común”, como en ocasiones paœcen dar a entender algunos prohombres de la medicina establecida.

Desde ese vértice definiría hoy la “formación humanística del médico”: desde una perspectiva que no solo ampliara sus ‘conocimientos en el campo sociocultural y artístico, sino, sobre todo, en formarse para no tolerar las parcializaciones técnicas y las desviaciones éticas, fomentadas por una potente mercadotecnia, que continuamente sesgan y paralizan nuestra práctica. Lo principal de la “formación humanística del médico” hoy debería consistir, a mi entender, en formarse con profundidad y mediante la experiencia para una aproximación biopsicosocial al ser humano doliente. Para una aproximación que ayude a elaborar sus y nuestros sentimientos y frustraciones en la asistencia cotidiana. Una aproximación que debería incluir una voluntad de “reciclado” emocional y actitudinal para mantener nuestra salud mental, es decir, nuestra capacidad de “amar, trabajar, disfrutar y tolerar”, tal como hemos definido la salud mental hace años junto con el Dr. P. Bofill. Creo que es una perspectiva mucho más amplia y globalizadora que el simple refugiarse en un culturalismo o una reivindicación humanística disociada de nuestra práctica cotidiana.

Naturalmente, todo lo anterior no significa una crítica irreconciliable de los autores que, desde estas páginas, han vuelto a reivindicar el humanismo y la formación humanística para los médicos de hoy en día. Más bien me ha interesado con estos comentarios apresurados y parciales presentar otro vértice o perspectiva del problema. Que quede claro, desde luego, que creo que ética y humanamente considero más creativa y solidaria esa reivindicación del humanismo -siempre que afecte directamente a nuestra práctica- que el economicismo y consumismo disociados que tan a menudo están en la base de las posturas económicas y laborales de muchos de nosotros.

Creo que la posibilidad de incluir “humanidad” en nuestras técnicas y sus ciencias de base, “humanidad” que comienza por valorar la que ya en sí mismas poseen, puede proporcionarnos satisfacciones más profundas. Me parece que con esa perspectiva, por ende, disfrutaríamos y aprovecharíamos más los conocimientos artísticos y culturales,1as “humanidades” tradicionales. Y, tanto por un lado como por otro, en una influencia mutua y vivificante, ello podría producirnos nuevas ideas, sensaciones, emociones e impulsos para nuestro trabajo. O incluso nuevos modelos teóricos y técnicos.

Creo que hemos de ser beligerantes en el rescate y defensa tanto de las humanidades en general como de la “esencia humana” de nuestras técnicas y prácticas. Que no nos ocurra como a Octavio ante el anuncio de la pérdida de Alejandría. Podemos disfrutra humanamente de uno de los trabajos más humanos que existen y con ello, humanizamos el mundo. Aprovechemos esa realidad mientras aún estamos a tiempo, mientras vivamos la formación o en los años más creativos de nuestra práctica profesional. A pesar de su indefinición y generalidad, la preocupación por la “deshumanización de la medicina actual” contiene un claro aviso de que, obnubilados por otras presiones, podamos dejar pasar el auténtico disfrute de nuestra profesión, de buena parte de nuestros intereses vitales. Ese aviso es lo que puede evitarnos más tarde la necesidad de la negación melancólica. Que no tengamos que decir luego que esos augurios, esas preocupaciones actuales, no existieron. Ahí están. ¡Magra consolación dentro de unos años decirnos a nosotros mismos que esos augurios de fracasos e infelicidad, de a-humanismo, fueron un sueño, no existieron!.

El dios abandona a Antonio

Cuando de pronto a medianoche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones de una vida que llorarás en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes.
Nunca digas que es un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno ha sido de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, más nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esta tropa divina,
y despide, despide a Alejandría que así pierdes.

K. Kavafis (1911)

Traducción de M. Álvarez (1975)