El Grupo de Abordaje al Tabaquismo de la semFYC analiza la manipulación científica alrededor del vapeo

El grupo presenta un documento interactivo que ahonda en mitos e información relativos a los cigarrillos electrónicos en base a la evidencia científica disponible.

El 1,6% de la población española consume cigarrillos electrónicos de forma habitual y en la franja de edad de entre 14 a 18 años, de media, el nivel de experimentación—consumo en el último año— es superior al 30%. “Alrededor del vapeo se han extendido afirmaciones con escasa o nula base científica, como que su consumo no es peligroso para la salud, que ayuda a dejar de fumar o que reduce el daño por el tabaco y la nicotina”, explica Rodrigo Córdoba, médico de familia y miembro del Grupo de Abordaje al Tabaquismo de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC). Él es uno de los expertos que han elaborado un documento que, a partir de la evidencia disponible, alerta sobre la manipulación científica y los riesgos sanitarios respecto al consumo de cigarrillos electrónicos y tabaco calentado. Cabe señalar que la Organización Mundial de la Salud, desde 2020, hace hincapié en las estrategias de la industria del tabaco vinculadas a la manipulación científica.

El documento, de carácter interactivo y con infografía, contiene siete afirmaciones, entre las que hay mitos y realidades sobre el vapeo. Consta de información que contribuye a la toma de decisiones, y donde se desmiente o se apoya, con diversos estudios científicos, cada una de las sentencias expuestas.

Uno de los datos destacados que incluye el documento es que el 95% de los estudios independientes de la industria (de cualquier industria) advierten de que los cigarrillos electrónicos son peligrosos para la salud. En esta línea, Rodrigo Córdoba, afirma que “el aerosol del cigarrillo electrónico es tóxico y cancerígeno incluso para aquellas personas que están expuestas al humo pasivamente” y añade que “sus efectos respiratorios y cardiovasculares a corto plazo son similares a los del tabaco”.

El cigarrillo electrónico: ¿una ayuda para dejar de fumar?

Este documento también aclara que, más que un recurso para dejar de fumar, los cigarrillos electrónicos son una puerta de entrada al tabaco en menores y adultos jóvenes. Sobre esta cuestión, Córdoba expone que “una de las causas del repunte del tabaquismo en jóvenes es la popularización del vapeo y la pipa de agua” y subraya que “el balance entre cesaciones e inicio es claramente desfavorable”.

Por otro lado, en el documento se sostiene que el uso del cigarrillo electrónico puede conducir a la permanencia dependiente de la nicotina, y que en la actualidad no existe evidencia científica de que el vapeo pueda servir para dejar de fumar.

Un consumo dual

“Lo más habitual es que los usuarios de cigarrillos electrónicos lleven a cabo un consumo dual”, apunta Córdoba. En este sentido, se estima que entre el 60 y el 90% de estas personas consumen, además, tabaco tradicional, “lo que aumenta el riesgo para la salud”, sentencia el médico de familia.

El miembro del Grupo de Abordaje al Tabaquismo de la semFYC incide en que “la única forma demostrada con evidencia científica sólida de reducir el daño por tabaco y nicotina es abandonar completa y definitivamente su consumo”.

Estrategias de la industria del tabaco

Rodrigo Córdoba también pone de manifiesto cómo la industria del tabaco “apuesta por los cigarrillos electrónicos para mantener la cuenta de resultados, usando las mismas tácticas que se utilizaban con el cigarrillo tradicional: publicidad en menores, oposición a las regulaciones y manipulación científica”.

“Uno de los mantras que promueve la industria del vapeo es la ‘reducción de daños en tabaco’”, detalla Córdoba, quien también apunta a que esta premisa “es sostenida por algunas organizaciones de perfil sanitario, como la Plataforma para la reducción del daño por tabaquismo, “que tiene el apoyo económico de la Asociación Española de Usuarios de Vaporizadores personales”.

Sobre este último punto, el médico de familia hace un llamamiento a sospechar ante el término “reducción de daños en tabaco”, un concepto que, asevera, “es de salud pública y no podemos permitir que la industria lo utilice”.

 

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